Campodónico presenta Campo

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Esta nota se empezó por mail, cuando Juan Campodónico estaba de viaje, y continuó en una conversación en la que habló de un disco –Campo– del futuro y de las ciudades. Fue un día de desencuentros tecnológicos.

La máquina de café no andaba, por lo que tuvimos que cambiar el punto de reunión del bar a su estudio. Yo nunca había usado antes el grabador que llevé, así que él trajo su teléfono y grabó también, por las dudas. Fue una idea muy acertada. Juan Campodónico suele tener ideas acertadas y tiene un feeling con la tecnología. Su lugar de trabajo es un sitio impoluto en el barrio de Palermo donde las aberturas son de madera; el tapizado de los sillones, de color neutro; el piso de baldosas de la entrada, original de la casa de principios del siglo XX, y hay una serie de aparatos con perillas que lo conmueven. Verdaderamente lo conmueven.

La casa está repleta de decisiones técnicas que no se ven; en el techo, en el panel de maderitas, en las paredes o en las puertas. Está pensada para el silencio. El aislamiento, esa ausencia de sonido que hiere los oídos de los extraños de visita, es el mundo natural de Juan.

Campo es un entramado, una construcción, una caja de encastre, una máquina de acción perfecta. Campodónico fue quien le dio a la música de Jorge Drexler un sentido que hasta entonces no tenía. Frontera, editado en el año 1999, el primer disco que Drexler editó en España, presentaba un profundo trabajo en estudio muy diferente al habitual en él. La incorporación de estos nuevos sonidos en pleno despegue electrónico fue una intervención radical por la que Drexler transitaría la mayor parte de la década en colaboración con Campodónico como productor. A principios de 2000 comenzó el trabajo con Bajofondo y su consolidación como productor de diversos artistas, entre ellos el Cuarteto de Nos.

Juan Campodónico y Jorge Drexler

Campo está salpicado de pequeñas ráfagas, breves paisajes sonoros donde puede intuirse: “esto es Drexler”, “esto es el Cuarteto”, “esto es Bajofondo”, algo que muy por el contrario de un collage a prepo entre propuestas tan disímiles, permite identificar la conexión de los aportes de Campodónico al trabajo con los otros. Pero no es el sello del disco; Campo es un trabajo mucho más amplio que la mera enumeración de unos trazos conexos. El sonido del disco es particular porque desmonta, reordena y vuelve a armar una serie de elementos sonoros que están en la música que escuchamos en contextos diferentes a este. Y particularmente, el resultado no son canciones extrañas ni experimentales sino canciones pop; no sería equivocado definirlas como mainstream.

Campodónico utiliza el término “subtropical” para definir este estilo, fruto directo e indisoluble de la mezcla, que habla de estados de ánimo y refiere con intensidad a un lugar. En un momento en el que Latinoamérica debería construir claramente un relato que integre sus características locales a la riqueza de medios y reflexiones contemporáneas, Campo expresa su versión desde el Sur. Con una cadencia calma y simpática y una voz grave hasta lo profundo, Campodónico habla y parece decir: “Ey, es un disco”. Tal vez más querido, porque es de ahora, pero es un disco. No El Disco Para La Eternidad. Va a decir que no canta en fogones, ni en la ducha, ni toca la guitarra por ahí y que usa la voz como un instrumento. Es evidente que le gusta lo que hizo, pero uno no puedo evitar pensar, al escuchar la música, que aquel del estudio era El Momento. El momento de la conexión, de la colaboración, de la producción, de la dedicación total, de la labor. La factura misma. Y después, será igual de intensa la puesta en escena. Esta manera de vivir el presente revela una apuesta permanente al futuro, porque decir “futuro” es decir “los presentes que vendrán”. Esto es lo que parecería ser, más exactamente, su sello personal.

¿Este es tu primer disco solista?
No es mi disco solista. Digamos… capaz que es una manera reduccionista de verlo, “Bueno, Juan Campodónico ha trabajado mucho como productor o como músico dentro de otros proyectos más grandes o colectivos de bandas, como el Peyote, como Bajofondo”. Como compositor y como artista necesitaba un espacio nuevo, donde definir nuevos parámetros, donde investigar otras áreas, otra música. De esa necesidad nace Campo. De la búsqueda. En este caso, esto que yo estoy proponiendo ahora sí tiene mucho de cosas que tenía ganas de hacer, pero el propio proceso por el que yo trabajo es un proceso colectivo siempre. A mí me gusta trabajar con artistas, no me gusta tocar solo la guitarra, de hecho no lo hago nunca, nunca estoy en mi casa con una guitarra, cantando así, mirando la luna, esa situación no me resulta… Me gusta, sí, hacer música con otros, ver como otros hacen, me gusta sí mucho escuchar. Me gusta tanto escuchar como cantar; de hecho lo que me paso haciendo en mi vida es escuchar. Estoy escuchando música que estoy produciendo, mi trabajo es escuchar.<br/>

¿Cómo fue el proceso de selección de estas canciones?
Tenía ganas de hacer un proyecto de estas características, que tuviera como esa cosa cancionística, un poco más pop en un sentido. El formato es pop, son canciones pop, duran tres minutos, se pueden pasar en la radio… y ese proceso lo empecé hace mucho. Siempre estaba con esa idea y ese
proyecto se llamaba Campo. Lo que pasa es que, claro, metido en otros asuntos, siempre venía la urgencia de decir: “Che, necesitamos…” Yo me acuerdo por ejemplo que El mareo, que terminó cantando Cerati en un disco de Bajofondo, estuvo en una carpeta que se llamaba Campo.

Ibas saqueando esa carpeta.
Claro, pero necesitábamos. Estábamos haciendo el disco de Bajofondo y… “Che, necesitamos una canción para proponerle a” no se quién. “Bueno, tengo esta”. Entonces, un poco, nunca había encontrado el momento de desarrollar este proyecto, pero lo vengo planeando desde hace cinco o seis años, por lo menos. Primero tuve que ubicar en el tiempo el espacio para hacer este disco. La manera de encontrarlo fue produciendo menos. Yo, en un momento de mi vida, en mi trabajo producía montones de artistas y aparte era artista. Tenía Bajofondo y tenía otros proyectos que me demandaban tiempo de giras y de hacerse cargo, dar entrevistas y hacer trabajo de artista, que el productor no hace nada de eso. El productor trabaja con artistas, graba la música y cuando está puesto en un disco se acaba el trabajo. En cambio, en el trabajo de artista, uno continúa haciéndose cargo de eso. Pero nunca dejaste de ser artista. Eras artista y luego pasaste a ser productor, más bien un productorartista. Lo que ha pasado últimamente es que me ha llamado mas la atención hacer proyectos artísticos, no solo de producción. El costado de productor que tenía era bastante artístico, no solo de productor.

¿Ese sería tu perfil de productor?
Existen muchos perfiles. Hay productores que directamente lo que hacen es firmar. Lo cual es muy importante. Porque es alguien que escucha algo y dice: sí, esto lo produje yo. Hay unos que firman, nada más; hay otros que algo hacen, dan un par de consejos, dan una guía de cómo hacer las cosas. Hay otros que se involucran y está Quincy Jones, que fue productor de Michael Jackson y también de muchos otros, que hace todo: escribe las canciones, las arregla, desarrolla el concepto, consigue los músicos, todo. Y después viene un muchachito bonito de 20 años que baila bárbaro y canta bárbaro y le ponen todo ese saco hecho a medida y performa, y es el artista. Pero todo lo que encontrás ahí, desde el punto de vista musical, que se elige, es Quincy Jones. Hay distintos grados de eso. Y después hay tipos que trabajan más conceptualmente, ponele, Brian Eno, que es un gran productor. Un tipo que está sentado ahí en el estudio, tirando conceptos, inspirando a los tipos, conduciéndolos a que hagan determinadas cosas, generándoles inquietudes, cosas que ni los propios artistas se plantean; entonces es como un entrenador de artistas. Hay muchas maneras de encarar el trabajo de producir, no solamente encargarse de que los músicos lleguen en hora y de que no estén borrachos (se ríe).<br/>

¿Alguna vez te encargaste de eso?
Pienso que cuando arrancó la industria musical el productor sería el que hacía eso, pasaba la lista. Después se fue volviendo más sofisticado. Y yo me considero dentro de todo eso. Sí, tenés que hacer de todo, desde encargarte de cosas logísticas hasta encontrarle la vuelta a alguien que no sabe cómo resolver una situación artística. Gente que no puede terminar las canciones, gente que no puede, por distintos motivos, por bloqueo, muchas veces por autosabotaje. Y después, hay gente que está confundida, que de repente tuvo un éxito con una cosa y después sigue repitiendo lo mismo esperando que mágicamente aquello se repita, y no sucede. Entonces le decís: “Che, vos que tenés tanto talento, ¿por qué no salís de ese patrón de comportamiento?”. Tiene algo como hasta psicológico por un lado y, por otro lado, de cómo querés grabar. Es hacer una grabación. Es como hacer una película: el director tiene que poderle hablar al actor para que haga lo que quiere y también tiene que saber de qué color quiere que sea el tinte de cómo revelan la película. No necesariamente un director de cine es quien escribió el texto ni es quien actúa, sino un tipo que ve la foto completa.

¿Hay una banda para este disco?
Campo es un proyecto colectivo. Es un disco de laboratorio que de a poco se va volviendo una banda. Participan artistas con los que trabajo habitualmente, como los miembros de Bajofondo. Está Martín Rivero, que es un cancionista y cantante increíble que conocí hace un par de años y enseguida sintonizamos. También está Ellen Arkbro, una jovencísima cantante sueca de electro jazz; Pablo Bonilla (ex Omar) un colaborador habitual y un remixer muy fino. Se basa en la formación instrumental de Bajofondo con [Luciano] Supervielle en teclados, Martín
[Ferres] y Javi [Casalla] en los tanguismos, [Gabriel] Casacuberta en el bajo, [Adrián] Sosa en la batería, y tiene la producción de [Gustavo] Santaolalla. También colabora Verónica Loza, VJ de Bajofondo y con quien hemos escrito algunas canciones para Bajofondo y Campo. Por ahora Campo es un disco, ahora estamos ensayando y viendo cuál es la forma de la banda. Es algo en pleno desarrollo.

Juan Campodónico y Martín Ferrés

¿Cómo definirías Campo?
Campo no es un disco instrumental, son canciones sencillas con letra. Igualmente es bastante abstracto. La música que escribo siempre es bastante cinemática y orquestal, con muchos instrumentos. Es difícil de replicar en un fogón con una guitarra acústica. Igualmente hay veces que me junto con cancionistas y logramos hacer coincidir ambos universos. Curiosamente, cuando componía el disco me sonaba oscuro. Cuando fuimos a grabarlo a Los Ángeles, en ese otro escenario, escuchando con Santaolalla y con Joe Chiccarelli [productor The White Stripes y The Strokes] quien fue el ingeniero de grabación del disco, me empezó a sonar fresco, liviano y vital. Cada persona y cada lugar te da una perspectiva distinta de la música. La música de Campo uega con el espacio, con los lugares, es paisajística, visual, juega con el tiempo, inventa pasados que nunca existieron. En ese sentido digo que es un álbum muy atemporal y, por momentos, anacrónico.

¿A qué suena?
Turn on the lights suena como un tango electrónico pero de los 60s, Cumbio suena 000a hip hop ochentero, a cumbia villera y al brit pop de Blur al mismo tiempo. Parece que las coordenadas han cambiado de lugar. Hay una cierta distorsión de tiempo y espacio en Campo. En Heartbreaks es como si Michael Jackson hubiera tenido de influencia a Rada, es un candombe break dance. La aspiración era lograr ver cosas de nuestra cultura desde una óptica distinta. Creando combinaciones incompatibles o imposibles uno empieza a ver con otros ojos. Se trata de dejar de lado los prejuicios y ver tu experiencia y tu realidad desde un nuevo espacio. Cuando preparábamos el primer disco de Bajofondo pensamos: “Los tangueros nos van a matar”. Primero tuvimos que superar nuestros propios prejuicios, luego no pasó nada con los tangueros, sino que todo el mundo vio en Bajofondo una propuesta artística valiosa y auténtica. Ahora, con el disco Campo sacamos de primer single una especie de neo-cumbia, hip-hop, electro jazz que se llama La marcha tropical. La idea de este disco también es poder ver desde un nuevo lugar nuestra realidad. En La Marcha canta Ellen Arkbro una chica sueca, rubia, educada en la escuela del jazz nórdico. Ni siquiera habla español, aprendió sus partes por fonética. En nuestro mundo simbólico cumbia y jazz nórdico serían opuestos casi absolutos. Sin embargo estos elementos conviven de manera maravillosa.

¿Por qué llamás a este estilo “subtropical”?
El disco pretende generar nuevos estilos y una nueva visión sobre la música latina. Subtropical se refiere al clima de esta zona, no tan cálida, no tan verde y espectacular como el trópico, no tan “latino”, más templado. Pero también incluye la palabra tropical, entonces juega con cómo vemos lo tropical desde el Sur. La cumbia villera es una de las músicas mas ásperas y disonantes que he escuchado, no te digo que me guste demasiado, pero entiendo el fenómeno y puedo rescatar gestos y sonidos que son únicos y particulares. Se puede entender la cumbia villera desde una realidad muy difícil y desde un paisaje. Un estilo tan agresivo es imposible que venga de un clima más amable.<br/>

¿Cuál es el sentimiento de este disco, para vos?
Campo tiene que ver con la búsqueda de la belleza. Es algo casi ideológico. Mi papá decía: “En tiempos de oscurantismo, la búsqueda de la belleza puede ser un acto total de rebeldía”. No es necesario cantar sobre el calentamiento global para aportar. No es necesario ver la foto de Kadafi muerto para sentir que estás atento a lo importante. Trato de no mirar la TV, trato de pensar en mi alrededor y descubrir lo que es único y particular. Siempre imagino la música como algo visual, eso lo aprendí de mi papá –que era director de teatro y siempre pensaba todo en función al espacio escénico– y también lo aprendí de Santaolalla. Aprendí a ver la música. Cuando suena La marcha tropical imagino a la estudiante sueca que viaja por Latinoamérica con su mochila y va en un bus en medio del verde del camino a Medellín. Es un disco visual y paisajístico. Cuando escuchás El viento o Zorzal, son evidentes paisajes uruguayos. Haber trabajado con tantos artistas, haber pertenecido a proyectos tan diversos, desde el Peyote hasta Bajofondo o haber producido a Drexler, NTVG, La Vela Puerca, todo eso ha contribuido a mi visión musical. Cada disco que hice fue una lección de música. Y todas fueron distintas.

 

Podés leer la entrevista completa a Juan Campodónico en la edición impresa de Revista BLa #52 o en la versión online (click aquí)

Campo se presenta el 30 de Noviembre en Lorente, casa de espetcáculos.

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