-¿Cómo se hace humor para niños?
Del mismo modo que se hace humor para adultos. Si vos estás en otro país y te hacen un chiste con demasiado contexto de ese país, te lo perdés. A los chicos les pasa lo mismo con la información de la realidad y del lenguaje. Si le das mucha data, se lo pierden. Y ellos se ríen por dos cosas: por el chiste en sí y porque disfrutan mucho de darse cuenta de que están entendiendo.
Cuando un chico cuenta un chiste, encontró un juguetito eficaz. Eso le causa un placer enorme, porque hay una parte del mundo que es aprehensible. Para mí, el verdadero tema de Nuestro planeta, Natacha es cómo comunicar a los chicos. Trabajar en este libro fue todo un ensayo sobre comunicación hacia los niños.
-¿A qué conclusiones llegaste?
Sí, vi algunas cosas. Una de ellas es que lo chicos son recién llegados. Si un si uno emigra a un país y llega a ese país y le piden a uno que ayudes a salvar a ese país, vos decís “Mirá, no sé qué hicieron ustedes, pero yo acabo de llegar, no tengo nada qué ver”. Los chicos tienen claro eso, acaban de llegar y el lío no lo hicieron ellos. Y segundo: sus herramientas están muy fuera de escala respecto a lo que puede hacer. Tienen clara conciencia de su grado de incidencia. Por otra parte, percibía que había mucha comunicación por el lado negativo de las cosas. Superpoblación, polución, efecto invernadero. Es como si fueras al dentista y te encontraras con una se rie de fotos de gingivits y te dijeran “Mirá cómo te tenés que cuidar la boca para dar un beso”. Es lo mismo. Entonces, sin banalizar, sin hacerlo frívolo, la onda es entrar por el lado del amor, de la belleza, de la vida.
-Venís del humor para adultos. ¿Por qué el cambio? ¿Cómo se dio ese paso?
Me cansé del circuito de humor para adultos. De lo que había en teatro, en televisión, de lo que se esperaba de un humorista. Cuando decidí pasarme para chicos –un público que me resultaba afín, fui profesor de música para ninos– me encontré con un ambiente mucho más limitado pero mucho más sano.
-¿En qué estás trabajando ahora?
Acabo de grabar una serie de shows que hicimos durante un mes y que se llama Él empezó primero. Esa frase es el “Paga Dios” de “Quién es el responsable”. El que la dice es alguien que está afirmando que respeta las reglas, sea en el ámbito que sea. Entonces la pregunta para hacer es “Quién es el primero que para?”. También estoy terminando de editar un video de un recital de poesías y canciones que hicimos con [el folclorista tucumano] Juan Quintero.
-¿Qué te hace reír?
El Negro Fontanarrosa me hace reír mucho. También Darío Fo, Italo Calvino, Leo Maslíah. Con la de Titanic, de Maslíah, me morí. Me he encontrado encontrado llorando de risa con cosas de los Monty Python, y lo último que me hizo reír mucho fue la trilogía de Corfú, de Gerard Durrell, Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes, y El jardín de los dioses; hay escenas desbordadas narradas con un impasible tono inglés.
-¿Tenés hijos?
Tengo un hijo. Es pequeñito. Pero yo no cuento mucho de mi vida. No por hacer un super secreto en torno a eso, sino porque uno, cuando está en esta actividad, a veces es muy ingenuo y no se puede sustraer al aplauso, al elogio, el interés y la mirada. Entonces pienso que hay una zona de la vida que hay que dejarla afuera de la mirada pública. El aplauso, la nota, la foto, todo es una lente de aumento que te hace pelota. Por eso digo que tengo una fama ecologista, de panel solar: da luz pero no tira humo.